He crecido pensando en ti pero yo no lo sabía,
he aprendido a besar imaginando
que siempre eran tus labios, a bailar solo en mi
habitación,
y he mantenido largas conversaciones en un vaso medio
lleno,
con el raciocinio de tus ojos bañados en el rimen de mi
tinta.
Y después de crecer a lo alto, subir y luego bajar de las
nubes,
empecé a ensanchar de corazón y a gritar todo lo que se
alojaba dentro de mí.
Comencé con un poema pero aún no lo sabía,
y seguí entre mis manos haciendo caminos sobre papeles en
blanco,
unía rimas desafinadas acompañado de unas cuerdas desafortunadas,
andaba taciturno por las noche en calles vacías
con estrofas delirantes, y armado hasta el cuello de humo.
Durante un tiempo crecí sin que nadie supiera nada de mí,
y pensé que eso era la libertad,
sin darme cuenta que lo que había encontrado era la
soledad.
Y por ella agote sueños embarcados en soliloquios que
nunca zarparon,
en mil noches que malgaste mirando un muro que nunca
existió,
pero no lo sabía.
Quise como tantas veces pude, aunque nunca supe si era
para siempre,
o simplemente para pasar los fríos inviernos de mi sien.
Sin embargo hay heridas que traspasaron mi piel y
declaran,
que no todo fue mentira, pero no lo sabía.
Asique le escribí al odio y al rechazo, también al
silencio,
a las malas ideas, a los juramentos, al nunca y al
siempre,
destroce paletas de arcoíris al lado de orillas sin olas,
rebobiné dos mil doscientas veces a Sabina
y le borré el pie de página a Benedetti.
Al pobre Neruda le grité demasiadas veces sin razón. Disculpa.
He crecido escribiéndole a lo que no sabía,
sintiendo que siempre llegaba tarde a todo,
pero la magia viene como llegan los días
y ya sé que existes, ahora sé cuál es el siguiente poema;
amarte.
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