Imagino que imaginas.

Tus ojos perdidos me llevan a un sueño
donde los versos se convierten en nubes,
y esas nubes viajan al centro de mi corazón,
y mi corazón impregnado de ese sueño,
imagina que cada latido mío es un beso tuyo.


No lo dudo.

Trescientas diez mañanas preguntándome que sería estar a tu lado,
y cada poro de mi alma estallando en mis mejillas
creyendo y construyendo que… “imposible” era una mentira.
Conviví en trescientas once noches con un ejército malvado de hormigas,
que removían los cajones de mis poemas tarareando al unísono las canciones,
que una vez le prometí a Benedetti nunca escribir.
Y acompañado de un piano desafinado sobresaltado por un… -La- inconformista,
que tras contagiado por los labios del que quiere querer,
terminé sellando con Drexler que mi último camino terminaría en la orilla de su corazón.
Pero… me faltaron luces y estrellas, y más lunas y camino, y consumo y delirio,

para convencer a mis ojos que la verdad, ya no estaba de mi lado.

La raíz de mis besos.



Mi mano, aquella que sueña
en saber cómo respira tu piel,
es la misma que escribe
estos versos desde el alma mía,
sobre la tinta que grita tu nombre,
para encontrar ese rincón
donde guardas tus lágrimas.


Maneras.



- Cabe la posibilidad
que no consiga ser aquello que esperaba ser,
pero con el tiempo he aprendido
que sí hay algo que siempre será posible;
ser  F E L I Z. -



El verso imposible.



Te veo pasar y nada te alcanza,
como si nadie te tocara,
tan pura y tenue, tan infinita,
tan irremediable,
y al soñarte la vida se me va
y el tiempo ya me da igual,
porque querer como te quiero,
no tiene doctrina ni final.


Continuar



Te escribo con el nudo en la garganta
y dibujo las líneas de un sueño,
que ayer enterré en la arena de tu alma.
En la calle me quedo a esperar las nubes
al son del ritmo de mis estrellas,
y en mis mejillas sentir el aire de tus besos.
Te escribo con mis sentidos sobre la tierra mojada,
al lado del rio que lleva tu sonrisa,
para quedarme adherido
al verso que vive en tu corazón.
Te escribo y no hay premisa,
está noche la luna será confesora,
y esté poema la firma de mi promesa.

Quédate.



No desesperes, quédate aquí hasta que llegue el día,
surcaremos el invierno, romperemos a llorar,
y le sonriéremos a la luna cuando todo esté dormido.
Quédate y soñaremos que el infinito se perdió entre nuestas manos,
haremos de mis besos los tuyos, y de los tuyos los míos,
y del pasado el diario donde compartir las heridas,
que una vez nos hicieron diminutos.
Quédate y escribiré en tu piel mi último poema,
la penúltima rabia convertida en rima,
y el final de nuestros días sin nosotros.