El verso imposible.



Te veo pasar y nada te alcanza,
como si nadie te tocara,
tan pura y tenue, tan infinita,
tan irremediable,
y al soñarte la vida se me va
y el tiempo ya me da igual,
porque querer como te quiero,
no tiene doctrina ni final.


Continuar



Te escribo con el nudo en la garganta
y dibujo las líneas de un sueño,
que ayer enterré en la arena de tu alma.
En la calle me quedo a esperar las nubes
al son del ritmo de mis estrellas,
y en mis mejillas sentir el aire de tus besos.
Te escribo con mis sentidos sobre la tierra mojada,
al lado del rio que lleva tu sonrisa,
para quedarme adherido
al verso que vive en tu corazón.
Te escribo y no hay premisa,
está noche la luna será confesora,
y esté poema la firma de mi promesa.

Quédate.



No desesperes, quédate aquí hasta que llegue el día,
surcaremos el invierno, romperemos a llorar,
y le sonriéremos a la luna cuando todo esté dormido.
Quédate y soñaremos que el infinito se perdió entre nuestas manos,
haremos de mis besos los tuyos, y de los tuyos los míos,
y del pasado el diario donde compartir las heridas,
que una vez nos hicieron diminutos.
Quédate y escribiré en tu piel mi último poema,
la penúltima rabia convertida en rima,
y el final de nuestros días sin nosotros.


Volví.

Volví a las estrellas cuando regresé a tu mirada,
donde guardo la calma de mi piel y el olor a mañana fresca.
Recordé que en cada verso que escribo estás conmigo,
e inseparable en mi corazón oigo tu canto desde la ventana,
e imagino mil despertares al lado de tu sonrisa.


Intenciones



No precises de más palabras,
no le otorgues al tiempo más dudas,
e improvisemos un beso en nuestros latidos,
para que nada entre los dos
termine siendo un olvido.

Pasados posados.



Recuerda bien el que no quiere olvidar,
y a mí en una tarde sin tino
me vino el aguacero en la retina,
ese mismo que ya caducó años de desamor,
en el que guardé en un cuadrilátero de cartón
los minutos de un corazón,
que suspiraba por las mañanas con desazón
por la falta de valor.

Y es que recuerdo con cierta lejanía los cuadros de aquel salón,
donde tuvimos la maravillosa idea de amarnos,
pero la prisa desafino nuestros destinos,
y en un domingo de almohada compartida,
el miedo vestido de luna trajo consigo de nuevo
el orden a nuestras vidas.

Volvieron los cajones ordenados, las sabanas estiradas,
la cafetera medio llena, la bañera convertida en un glacial,
el balcón en minúsculo, y la calle raquítica donde se regalaban besos,
en la cuesta de enero de un invierno hastío.

Y sin embargo, después de lo que la vida misma arrebata,
o lo que uno deja pasar, según se mire,
confieso que agradecido estoy,
ya que estas líneas viven en mí porque en mí existió el amor.

Por la noche.



De tanto en tanto me acuerdo de ti,
pero me callo y no le digo nada al viento,
y por eso ando con este silencio
que no es mío sino el tuyo,
en esta soledad mía que ya es tuya.